No han sido pocas las ocasiones en las que ha quedado demostrado que el ser humano, agobiado por su infinita vanidad, se rehúsa a reconocer en sí mismo a un animal. Un animal diferente, no lo niego, pero al fin y al cabo un animal.
Un animal que ha sido capaz de entender su entorno un poco más allá de lo que lo hacen las otras especies; que ha sido capaz de generar hipótesis y teorías que explican el comportamiento de ciertas cosas o la existencia de algunos fenómenos; pero que con toda seguridad no ha encontrado todas las respuestas. Y aunque reconozco todos los grandes logros que la humanidad ha obtenido gracias a esa curiosidad insaciable y ese deseo de querer llegar a la verdad absoluta, creo que es preciso reconocer también las grandes desgracias que nos produce esta particular característica.
En algún momento los seres humanos se acostumbraron inconscientemente a tener respuestas para todo, así fueran explicaciones efímeras, confusas, quiméricas, imprecisas o embusteras. Se generó un miedo innato a la incertidumbre, un terror absoluto a las vacilaciones y a los dilemas; y por lo tanto se usaba cualquier método para reprimir la inseguridad existencial, sentimental, cognoscitiva, etc. Los ejemplos abundan en los libros de historia, no han sido pocas las absurdas teorías que han quedado refutadas algún tiempo después por estudios más concienzudos o por la inevitable e incuestionable realidad. Recuerden a la Tierra plana como centro del universo, a la mano invisible que manipula la perfección de los mercados, a las fantásticas teorías de conspiración, o la voluntad y omnipotencia de los dioses para “explicar” una innumerable lista de efectos naturales o sociales.
De igual manera se explica ese conjunto de sensaciones psicológicas y corporales que asocian con el corazón. El amor es igual que dios, una palabra que se le asigna a un grupo de preguntas aún sin respuesta, y que al igual que éste, no pasa de ser una idea intangible, etérea e inexistente. Sin embargo la pseudo-racionalidad superior del ser humano le rinde culto y sacrificio, le dedica días, le atribuye poderes sobrenaturales y se somete por entero a su voluntad. Es como si nos espantara no saber porque esa enorme atracción hacia otro ser humano, porque ese inmenso e insaciable deseo de contacto; es como si necesitáramos una justificación para realizar un acto que por sobre todas las cosas, devela nuestro lado salvaje, bestial, animal.
Solo me resta “creer” en que el verdadero conocimiento debe llevar a la liberación de la mente y el espíritu. Que no haya libertad no significa que haya esclavitud. La incertidumbre debe ser un espacio reservado para la creatividad y la inspiración, donde lo importante no sean las respuestas absolutas, sino las verdaderas preguntas.
Si esta es la primera vez que ingresa a este sitio, le recomendamos leer la introducción para comprender su contenido.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario