Todas las despedidas son tristes, por más que sean temporales. Si no fuera triste no habría despedida. Uno no tiene despedidas con lo que aborrece y no quiere seguir viendo. Quedarse es tan triste como irse. Ahora, en la medida que son tristes las despedidas, se supone que las personas que se despiden se deben ir y quedarse tristes respectivamente.
Que la despedida sea triste implica que los instantes previos y anteriores a la despedida fueron pletóricos de alegría. Ni una disputa. Sonrisas, conversaciones, silencio, fusiones, música, tabacos, caminatas, miradas que hablan, campos verdes, rieles de acero, quebrantamiento de la ley. Así, los instantes previos y anteriores a la despedida son pletóricos de alegría. ¿Cómo sostener que una despedida no es triste? Sería mentiroso y absurdo. Sería negar la felicidad.
Pero hagamos un esfuerzo: recordar los instantes alegres que dan vida y sustentan una triste despedida. Aunque la tristeza invada, la alegría también tratará de hacerlo a través de los recuerdos.
¡Qué alegría! ¿Piensas igual que yo en este momento? ¡Que así sea!
No hay comentarios:
Publicar un comentario