Ella niña, él niño. Se conocieron caminando hacia sus propósitos. En su espalda cargaban con la responsabilidad de vivir la vida, cosa que no enseñan ni profes, ni padres, ni libros. Un camino por delante, un pie puesto en el piso, unos ojos curiosos. Almas salvajes.
Fue de esos amores que nunca pasan, porque o no pasan o pasan una vez, y a algunos pocos, varias, pero son pocos y no son tantas. De repente y sin saber cómo, se regalaban uno a otro sus pensamientos, encontraban que sus sueños estaban privatizados por imaginar sus ojos frente a frente, sus brazos apretando sus cuerpecitos, sus labios lanzando frases que rompían con el universo. El sentimiento inocente, novatos eran ellos.
Fueron creciendo, a través de un año, aunque parecieron más. Crecían sus seres siendo ellos uno solo, en su imaginación. Uno solo para quererse eternamente, uno solo como una sola vez puede darse, como uno solo no se puede repetir. Tenían metas tan fijas en sus vidas, que las metas soportaron la meta de llevar sus vidas, de domesticar sus almas. Pero a pesar de sus propósitos, algo llevaban en sus cabezas más allá del miedo de no cumplirlos, “mi amor nos llevará más allá de las estrellas” –decía él a sí mismo-, “mis emociones se irán con él al infinito” –se afirmaba ella-. Él con la iniciativa, ella con el impulso. Nunca lo supieron.
Un miedo que con el pasar del tiempo se iba volviendo más maduro, más impenetrable a un amor que permanecía dulce, fresco, nuevo, infante. Hoy sus almas navegan solas en la eternidad. Sus cuerpos enterrados no vencieron el miedo. El amor murió recién nacido.
El tiempo no tuvo paciencia y en su transcurso se degolló un amor infantil con las garras de un miedo maduro.
Si esta es la primera vez que ingresa a este sitio, le recomendamos leer la introducción para comprender su contenido.
martes, 11 de agosto de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario